Si sabemos interpretar con mesura y rigor nuestro pasado, pronto descubriremos que esa tendencia migratoria siempre fue motivada por la necesidad de huir de condiciones extremas o situaciones adversas y de hallar nuevas oportunidades en países extraños y, a menudo, hostiles. Bien es cierto que, en no pocas ocasiones, esas incursiones generaron episodios violentos y desgraciados para la historia de la humanidad; pero, ¿acaso no hemos aprendido que el progreso solo ha sido posible gracias al contacto intercultural? ¿No crecieron los mejores frutos de la civilización del diálogo con el Otro (la necesaria “otredad”? ¿Por qué bloqueamos irracionalmente el camino a personas que huyen de la guerra y de una muerte segura para vivir en paz? Ellos también son nuestro futuro y el de nuestros hijos, pues nos reconocemos en sus azarosas vidas y en un destino que bien podría ser el nuestro de haber nacido en un mundo menos afortunado. Quién sabe… En sus ojos cansados y en su caminar errante portan el testimonio imperecedero de un horror que jamás debería volverse a repetir Porque, como decía el famoso verso de nuestra poesía áurea, abandonar el hogar es “verse morir entre memorias tristes”.