De todos los colectivos que sufren marginación y discriminación: mujeres, homosexuales, judíos, negros, gitanos, discapacitados; el más invisible y dramático puede ser que fuese para mí el de los refugiados. Todos los demás citados gozan ya de plataformas donde sus líderes pueden expresarse y reivindicarse.
Pero para el colectivo de refugiados, por motivos políticos o exiliados víctimas de guerras, es muy difícil ostentar de representantes líderes con peso específico en la esfera social. En muchas ocasiones, cada individuo refugiado concibe en sí mismo dos o tres estigmas de forma simultánea al situarse en la intersección de varios de estos colectivos a la vez, multiplicándose los factores de rechazo y distanciamiento.
El absurdo pensamiento que se esconde detrás de esta marginación es la creencia de que los refugiados y refugiadas no traen nada bueno y sí problemas. El tipo de problemas que ronda la cabeza no es más que fruto del miedo que traspasan los líderes de los colectivos imperantes.
Repasar mi árbol genealógico me ha hecho descubrir la raíz de mi mestizaje. Soy esclavo africano, gitano, cubano, judío, árabe, noble castellano, entre otras razas y credos. Y me consta que muchos de mis antepasados fueron refugiados.
Ver uno de los últimos vídeos de Roger Water de la canción “The last refugee” me ha ayudado a recordar ese pasado y a mantener viva mi conciencia de la necesidad de abrazarles y facilitarles bienestar y posibilidades de renacer desde su propia resiliencia, la bella palabra que acompaña a cada superviviente refugiado.