Hace unos meses las últimas religiosas que quedaban en un convento de Antequera, donde nací, cedieron su espacio para que el municipio pudiera acoger a familias refugiadas. No han llegado demasiadas, pero las que lo han hecho están siendo todo un ejemplo. Se han integrado en la medida de lo posible, están aprendiendo castellano y están dando ejemplo a muchas personas que dudaban de su acogida: conocer casos concretos de personas refugiadas, ver a los niños jugar con otros niños locales… todo sirve para entender la importancia de ayudar a quien huye, como este caso, de una guerra.